SOLEDAD PRIMERA (PARTE II)

Muda la admiración, habla callando,

Y, ciega, un río sigue, que -luciente

De aquellos montes hijo-

Con torcido discurso, aunque prolijo,

Tiraniza los campos útilmente;

Orladas sus orillas de frutales,

Si de flores, tomadas no, a la Aurora,

Derecho corre, mientras no revoca

Los mismos autos el de sus cristales;

Huye un trecho de sí, y se alcanza luego;

Desvíase y, buscando sus desvíos,

Errores dulces, dulces desvaríos,

Hacen sus aguas con lascivo fuego;

Engazando edificios en su plata,

De quintas coronado se dilata

Majestuosamente

-En brazos dividido, caudalosos,

De islas que paréntesis frondosos

Al período son de su corriente-

De la alta gruta donde se desata Hasta los jaspes líquidos, adonde

Su orgullo pierde y su memoria esconde.

«Aquellas que los árboles apenas

Dejan ser torres hoy -dijo el cabrero

Con muestras de dolor extraordinarias-

Las estrellas nocturnas luminarias

Eran de sus almenas,

Cuando el que ves sayal fue limpio acero.

Yacen ahora, y sus desnudas piedras

Visten piadosas yedras:

Que a ruinas y a estragos,

Sabe el tiempo hacer verdes halagos.»

Con gusto el joven y atención le oía,

Cuando torrente de armas y de perros,

Que si precipitados no los cerros

Las personas tras de un lobo traía,

Tierno discurso y dulce compañía

Dejar hizo al serrano,

Que -del sublime espacïoso llano

Al huésped al camino reduciendo-Al venatorio estruendo,

Pasos dando veloces,

Número crece y multiplica voces.

Bajaba entre sí el joven admirando

Armado a Pan o semicapro a Marte,

En el pastor mentidos, que con arte

Culto principio dio al discurso cuando

Rémora de sus pasos fue su oído,

Dulcemente impedido

De canoro instrumento, que pulsado

Era de una serrana junto a un tronco,

Sobre un arroyo, de quejarse ronco,

Mudo sus ondas, cuando no enfrenado.

Otra con ella montaraz zagala

Juntaba el cristal líquido al humano

Por el arcaduz bello de una mano

Que al uno menosprecia, al otro iguala.

Del verde margen otra las mejores

Rosas traslada y lilios al cabello, O por lo matizado o por lo bello,

Si Aurora no con rayos, Sol con flores.

Negras pizarras entre blancos dedos

Ingeniosa hiere otra, que dudo

Que aun los peñascos la escucharan quedos.

Al son, pues, deste rudo

Sonoroso instrumento,

-Lasciva el movimiento,

Mas los ojos honesta-

Altera otra, bailando, la floresta.

Tantas al fin el arroyuelo, y tantas

Montañesas da el prado, que dirías

Ser menos las que verdes Hamadrías

Abortaron las plantas:

Inundación hermosa

Que la montaña hizo populosa

De sus aldeas todas

A pastorales bodas.

De una encina embebido

En lo cóncavo, el joven mantenía

La vista de hermosura, y el oído

De métrica armonía.

El Sileno buscaba

De aquellas que la sierra dio Bacantes,

-Ya que Ninfas las niega ser errantes

El hombro sin aljaba-;

O si -del Termodonte

Émulo del arroyuelo desatado

De aquel fragoso monte-

Escuadrón de Amazonas desarmado

Tremola en sus riberas

Pacíficas banderas.

Vulgo lascivo erraba

-Al voto del mancebo,

El yugo de ambos sexos sacudido-

Al tiempo que -de flores impedido

El que ya serenaba

La región de su frente rayo nuevo-

Purpúrea terneruela, conducida De su madre, no menos enramada

Entre albogues se ofrece, acompañada

De juventud florida.

Cuál dellos las pendientes sumas graves

De negras baja, de crestadas aves,

Cuyo lascivo esposo vigilante

Doméstico es del Sol nuncio canoro,

Y -de coral barbado- no de oro

Ciñe, sino de púrpura, turbante.

Quién la cerviz oprime

Con la manchada copia

De los cabritos más retozadores,

Tan golosos, que gime

El que menos peinar puede las flores

De su guirnalda propia.

No el sitio, no, fragoso,

No el torcido taladro de la tierra,

Privilegió en la sierra

La paz del conejuelo temeroso: Trofeo ya su número es a un hombro,

Si carga no y asombro.

Tú, ave peregrina,

Arrogante esplendor -ya que no bello-

Del último Occidente:

Penda el rugoso nácar de tu frente

Sobre el crespo zafiro de tu cuello,

Que Himeneo a sus mesas te destina.

Sobre dos hombros larga vara ostenta

En cien aves cien picos de rubíes,

Tafiletes calzadas carmesíes,

Emulación y afrenta

Aun de los Berberiscos,

En la inculta región de aquellos riscos.

Lo que lloró la Aurora

-Si es néctar lo que llora-,

Y antes que el Sol enjuga

La abeja que madruga

A libar flores y a chupar cristales, En celdas de oro líquido, en panales

La orza contenía

Que un montañés traía.

No excedía la oreja

El pululante ramo

Del ternezuelo gamo,

Que mal llevar se deja

Y con razón: que el tálamo desdeña

La sombra aun de lisonja tan pequeña.

El arco del camino, pues, torcido,

-Que habían con trabajo

Por la fragosa cuerda del atajo

Las gallardas serranas desmentido-,

De la cansada juventud vencido,

-Los fuertes hombros con las cargas graves, Treguas hechas suaves-Sueño le ofrece a quien buscó descanso

El ya sañudo arroyo, ahora manso:

Merced de la hermosura que ha hospedado,

Efectos, si no dulces, del concento Que, en las lucientes de marfil clavijas,

Las duras cuerdas de las negras guijas

Hicieron a su curso acelerado,

En cuanto a su furor perdonó el viento.

Menos en renunciar tardó la encina

El extranjero errante,

Que en reclinarse el menos fatigado

Sobre la grana que se viste fina

Su bella amada, deponiendo amante

En las vestidas rosas su cuidado.

Saludólos a todos cortésmente,

Y -admirado no menos

De los serranos que correspondido-

Las sombras solicita de unas peñas.

De lágrimas los tiernos ojos llenos,

Reconociendo el mar en el vestido

-Que beberse no pudo el Sol ardiente

Las que siempre dará cerúleas señas-,

Político serrano,

De canas grave, habló desta manera:

«¿Cuál tigre, la más fiera

Que clima infamó Hircano,

Dio el primer alimento

Al que -ya deste o del aquel mar- primero

Surcó, labrador fiero,

El campo undoso en mal nacido pino,

Vaga Clicie del viento,

En telas hecho -antes que en flor- el lino?

Más armas introdujo este marino

Monstruo, escamado de robustas hayas,

A las que tanto mar divide playas,

Que confusión y fuego

Al Frigio muro el otro leño Griego.

»Náutica industria investigó tal piedra,

Que, cual abraza yedra

Escollo, el metal ella fulminante

De que Marte se viste y, lisonjera,

Solicita el que más brilla diamante

En la nocturna capa de la esfera,

Estrella a nuestro Polo más vecina; Y, con virtud no poca,

Distante le revoca,

Elevada la inclina

Ya de la Aurora bella

Al rosado balcón, ya a la que sella

Cerúlea tumba fría

Las cenizas del día.

»En ésta, pues, fiándose atractiva,

Del Norte amante dura, alado roble,

No hay tormentoso cabo que no doble,

Ni isla hoy a su vuelo fugitiva.

»Tifis el primer leño mal seguro

Condujo, muchos luego Palinuro;

Si bien por un mar ambos, que la tierra

Estanque dejó hecho,

Cuyo famoso estrecho

Una y otra, de Alcides, llave cierra.

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