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Cediendo Demóstenes al torrente, escribió un decreto para que el Consejo del Areópago examinara este negocio, y los que le pareciera que habían delinquido sufrieran la pena. Condenado de los primeros por el Consejo, se presentó en el Tribunal; pero siendo la multa que se le impuso de cincuenta talentos, se le llevó a la cárcel, de la que de vergüenza, por lo feo de la causa, y también por enfermedad corporal que le hacía imposible sufrir el encierro, se dice haberse fugado sin sentirlo o advertirlo unos, y ayudando otros a que no se sintiese. Cuéntase que cuando todavía estaba a corta distancia de la ciudad notó que le seguían algunos ciudadanos del partido contrario, y quiso ocultarse; mas aquellos, llamándole por su nombre y llegándose cerca, le rogaron recibiera para el viaje las cantidades que le llevaban, pues para esto las habían tomado en casa, y éste era el motivo de haberle seguido; al mismo tiempo le exhortaron a tener buen ánimo y a no abatirse por lo sucedido, con lo cual todavía crecieron más los lamentos de Demóstenes, y prorrumpió en esta expresión: “¿Cómo no lo he de llevar con pesadumbre, dejando una ciudad donde los enemigos son tales cuales no suelen ser en otras los amigos?” Mostró en este destierro un ánimo apocado; deteniéndose lo más del tiempo en Egina y Trecene, y mirando al Ática con lágrimas en los ojos, se refiere haber proferido voces indecorosas y poco conformes a los elevados sentimientos que había manifestado en el gobierno; pues se dice que al perder de vista a la ciudad, tendiendo las manos hacia el alcázar, exclamó: “Reina, y señora de Atenas, ¿por qué te complaces en tres terribles fieras: la lechuza, el dragón y el pueblo?”; y que a los jóvenes que iban a verle y permanecían algún tiempo con él los retraía de tomar parte en el gobierno, diciéndoles que si al principio se le hubieran mostrado dos caminos, el uno que condujese a la tribuna y a la junta pública, y el otro opuesto a la sepultura, sabiendo ya los males que acompañan al gobierno, los temores, las envidias, las calumnias y las rencillas, sin detenerse se habría arrojado a la que más presto le condujese a la muerte.

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