SOLEDAD SEGUNDA (PARTE III)

»Onda, pues, sobre onda levantada,

Montes de espuma concitó herida

La fiera, horror del agua, cometiendo

Ya a la violencia, ya a la fuga el modo

De sacudir el asta,

Que, alterando el abismo o discurriendo

El océano todo,

No perdona al acero que la engasta.

»Éfire en tanto al cáñamo torcido

El cabo rompió, y -bien que al ciervo herido El can sobra, siguiéndole la flecha-Volvíase, mas no muy satisfecha,

Cuando cerca de aquel peinado escollo

Hervir las olas vio templadamente,

Bien que haciendo círculos perfetos;

Escogió, pues, de cuatro o cinco abetos

El de cuchilla más resplandeciente,

Que atravesado remolcó un gran sollo.

»Desembarcó triunfando,

Y aun el siguiente Sol no vimos, cuando

En la ribera vimos convecina

Dado al través el monstruo, donde apenas

Su género noticia, pías arenas

En tanta playa halló tanta ruina»

Aura en esto marina

El discurso y el día juntamente

Trémula, si veloz, les arrebata, Alas batiendo líquidas, y en ellas

Dulcísimas querellas

De pescadores dos, de dos amantes

En redes ambos y en edad iguales.

Dividiendo cristales,

En la mitad de un óvalo de plata,

Venía a tiempo el nieto de la espuma

Que los mancebos daban alternantes

Al viento quejas. Órganos de pluma

-Aves digo de Leda-

Tales no oyó el Caístro en su arboleda,

Tales no vio el Meandro en su corriente.

Inficionando , pues, suavemente

Las ondas el Amor, sus flechas remos,

Hasta donde se besan los extremos

De la isla y del agua no los deja.

Lícidas, gloria en tanto

De la playa, Micón de sus arenas

-Invidia de sirenas,

Convocación su canto

De músicos delfines, aunque mudos-

En números no rudos

El primero se queja

De la culta Leucipe,

Décimo esplendor bello de Aganipe;

De Cloris el segundo,

Escollo de cristal, meta del mundo.

LÍCIDAS

«¿A qué piensas, barquilla,

Pobre ya cuna de mi edad primera,

Que cisne te conduzgo a esta ribera?

A cantar dulce, y a morirme luego.

Si te perdona el fuego

Que mis huesos vinculan, en su orilla,

Tumba te bese el mar, vuelta la quilla».

MICÓN

«Cansado leño mío,

Hijo del bosque y padre de mi vida

-De tus remos ahora conducida

A desatarse en lágrimas cantando-,

El doliente, si blando,

Curso del llanto métrico te fío,

Nadante urna de canoro río».

LÍCIDAS

«Las rugosas veneras

-Fecundas no de aljófar blanco el seno,

Ni del que enciende el mar tirio veneno-

Entre crespos buscaba, caracoles,

Cuando de tus dos soles

Fulminado, ya señas no ligeras

De mis cenizas dieron tus riberas».

MICÓN

«Distinguir sabía apenas

El menor leño de la mayor urca

Que velera un Neptuno y otro surca,

Y tus prisiones ya arrastraba graves; Si dudas lo que sabes,

Lee cuanto han impreso en tus arenas,

A pesar de los vientos, mis cadenas».

LÍCIDAS

«Las que el cielo mercedes

Hizo a mi forma ¡oh dulce mi enemiga!

Lisonja no, serenidad lo diga

De limpia consultada ya laguna,

Y los de mi fortuna

Privilegios, el mar a quien di redes,

Más que a la selva lazos Ganimedes».

MICÓN

«No ondas, no luciente

Cristal -agua al fin dulcemente dura-:

Invidia califique mi figura

De musculosos jóvenes desnudos.

Menos dio al bosque nudos

Que yo al mar, el que a un dios hizo valiente Mentir cerdas, celoso espumar diente».

LÍCIDAS

«Cuantos pedernal duro

Bruñe nácares boto, agudo raya

En la oficina undosa de esta playa,

Tantos Palemo a su Licore bella

Suspende, y tantos ella

Al flaco da, que me construyen, muro,

Junco frágil, carrizo mal seguro».

MICÓN

«Las siempre desiguales

Blancas primero ramas, después rojas,

De árbol que nadante ignoró hojas,

Trompa Tritón del agua a la alta gruta

De Nísida tributa,

Ninfa por quien lucientes son corales

Los rudos troncos hoy de mis umbrales».

LÍCIDAS

«Ésta, en plantas no escrita,

En piedras sí, firmeza honre Himeneo,

Calzándole talares mi deseo:

Que el tiempo vuela. Goza, pues, ahora

Los lilios de tu aurora,

Que al tramontar del Sol mal solicita

Abeja, aun negligente, flor marchita».

MICÓN

«Si fe tanta no en vano

Desafía las rocas donde, impresa,

Con labio alterno mucho mar la besa,

Nupcial la califique tea luciente.

Mira que la edad miente,

Mira que del almendro más lozano

Parca es interior breve gusano».

Invidia convocaba, si no celo,

Al balcón de zafiro

Las claras, aunque etíopes, estrellas,

Y las Osas dos bellas,

Sediento siempre tiro

Del carro perezoso, honor del cielo;

Mas ¡ay! que del ruido

De la sonante esfera,

A la una luciente y otra fiera

El piscatorio cántico impedido,

Con las prendas bajaran de Cefeo

A las vedadas ondas,

Si Tetis no, desde sus grutas hondas,

Enfrenara el deseo.

¡Oh, cuánta al peregrino el amebeo

Alterno canto dulce fue lisonja!

¿Qué mucho, si avarienta ha sido esponja

Del néctar numeroso

El escollo más duro?

¿Qué mucho, si el candor bebió ya puro

De la virginal copia en la armonía

El veneno del ciego ingenïoso

Que dictaba los números que oía?

Generosos afectos de una pía

Doliente afinidad -bien que amorosa

Por bella más, por más divina parte-

Solicitan su pecho a que, sin arte

De colores prolijos,

En oración impetre oficïosa

Del venerable isleño

Que admita yernos los que el trato hijos

Litoral hizo, aun antes

Que el convecino ardor dulces amantes.

Concediólo risueño,

Del forastero agradecidamente

Y de sus propios hijos abrazado.

Mercurio destas nuevas diligente,

Coronados traslada de favores

De sus barcas Amor los pescadores

Al flaco pie del suegro deseado.

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