Después que Leóstenes impelió a la ciudad a la guerra llamada Helénica, muy contra la voluntad de Foción, le preguntó a éste, por mofa, qué había hecho de bueno en tantos años de mando; a lo que le contestó: “No poco: que los ciudadanos hayan sido enterrados en sus propios sepulcros”. Mostrábase Leóstenes muy osado y jactancioso en las juntas públicas, y Foción le dijo: “Tus discursos, oh joven, son parecidos a los cipreses, que siendo altos y elevados no dan fruto”. Preguntándole asimismo Hipérides: “¿Cuándo aconsejarás, oh Foción, la guerra a los Atenienses?” “Cuando vea- le respondió- que los jóvenes quieren guardar disciplina, los ricos contribuir y los oradores abstenerse de robar los caudales públicos.” Como se maravillasen muchos del gran número de tropas que había juntado Leóstenes, y preguntasen a Foción qué concepto formaba de su disposición, “Me parecen muy bien- les respondió- para el estadio, pero temo una carrera larga en la guerra, no quedándole a la ciudad más fondos, más naves, ni más soldados”; y los hechos vinieron en apoyo de su modo de pensar. Porque al principio Leóstenes hizo un brillante papel, venciendo en batalla a los de Beocia y persiguiendo a Antípatro hasta encerrarle en Lamia; de cuyas resultas, llena la ciudad de grandes esperanzas, estuvieron en continuas fiestas y sacrificios por las buenas nuevas, y algunos, pareciéndoles que daban en cara a Foción con tan prósperos sucesos, le preguntaron si no quería haber ejecutado aquellas hazañas; a lo que él respondió: “Ejecutarlas, sí; pero aconsejar, lo de antes”; y sucediéndose unas a otras las agradables noticias del ejército, se refiere haber dicho: “¿Cuándo dejaremos de vencer?”