Se levantaron muy tarde y, suprimiendo por completo aquel día todas las ceremonias habituales, se sentaron a la mesa al salir de la cama. El café, servido por Giton, Hyacinthe, Augustine y Fanny, fue bastante tranquilo. Aunque Durcet se empeñó absolutamente en hacer peer a Augustine, y el duque en metérsela en la boca a Fanny. Ahora bien, como del deseo al efecto en semejantes mentes solo hay siempre un paso, lo hicieron. Menos mal que Augustine estaba preparada; soltó cerca de una docena en la boca del pequeño financiero, que casi estuvo a punto de hacerle empalmar. Curval y el obispo se limitaron a sobar las nalgas de los dos chiquillos, y pasaron al salón de historias.
«“Fíjate”, me dijo un día la pequeña Eugénie, que empezaba a familiarizarse con nosotras, y a la que seis meses de burdel no habían hecho más que embellecer, “fíjate, Duclos”, me dijo arremangándose las faldas, “cómo quiere Madame Fournier que lleve el culo todo el día”. Y, diciendo esto, me mostró una capa de mierda de una pulgada de espesor, que cubría por completo su pequeño y bonito agujero del culo. “¿Y qué quiere que hagas con eso?”, le dije. “Es para un viejo señor que viene esta noche”, dijo, “y que quiere encontrarme mierda en el culo”. “Bueno”, dije, “quedará contento, porque es imposible llevar más”. Y me dijo que, después de haber cagado, la Fournier la había embadurnado así intencionadamente. Llena de curiosidad por ver esta escena, tan pronto como llamaron a la linda criaturita, corrí al agujero. Era un fraile, pero de los principales; era de la orden del Cister, gordo, alto, vigoroso y casi sexagenario. Acaricia a la criatura, la besa en la boca y, después de preguntarle si está bien limpia, la arremanga para comprobar por sí mismo el estado constante de limpieza que Eugénie le aseguraba, aunque ella supiera muy bien que no era así, pero le habían dicho que hablara de este modo. “¿Cómo, pillina?”, le dijo el fraile viendo el estado de las cosas, “¿cómo te atreves a decirme que estás limpia con un culo así de cochino? Seguro que hace más de quince días que no te lo has limpiado. Ahora verás el trabajo que me da; pues yo quiero verlo limpio, y tendré que ser yo mismo el que se encargue de limpiarlo”. Y, diciendo esto, había apoyado a la muchacha contra la cama y se había puesto de rodillas, debajo de las nalgas, abriéndolas con ambas manos. Diríase al principio que no hace más que examinar la situación; parece como sorprendido; poco a poco se familiariza con ella, su lengua se acerca, despega algunos pedazos, sus sentidos se inflaman, su polla se empina, la nariz, la boca, la lengua, todo parece trabajar a un tiempo, su éxtasis resulta tan delicioso que casi no tiene fuerzas para hablar; al fin sube la leche: se coge la polla, la masturba y, corriéndose, acaba por limpiar tan completamente este ano, que se diría que no había podido estar sucio ni un solo instante. Pero el libertino no se detenía ahí, y esta voluptuosa manía solo era para él un preliminar. Se levanta, besa una vez más a la chiquilla, le muestra un feo y sucio culazo que le ordena zarandear y masturbar; la operación le hace empalmar de nuevo, vuelve a apoderarse del culo de mi compañera, lo colma de más besos, y como lo que hizo después no es de mi competencia, ni está situado en estas narraciones preliminares, os parecerá bien que deje para Madame Martaine hablaros de los excesos de un malvado que ella ha conocido sobradamente y, para evitar incluso todo tipo de preguntas por vuestra parte, señores, a las que no me sería posible, por vuestras mismas leyes, contestar, paso a otro detalle».
«Solo una palabra, Duclos», dijo el duque. «Hablaré con palabras encubiertas: así tus respuestas no infringirán nuestras leyes. ¿El fraile la tenía gorda y era la primera vez que Eugénie…?» «Sí, monseñor, era la primera vez, y el fraile la tenía casi tan gorda como vos». «¡Ah, joder!», dijo Durcet, «¡vaya escena, cómo me habría gustado verla!»
«Quizás hubieseis sentido la misma curiosidad», dijo Duclos al continuar, «por el personaje que pasó unos días después por mis manos. Provista de un orinal que contenía ocho o diez zurullos sacados de todas partes, y a cuyos autores le habría molestado mucho conocer, era preciso que, con mis propias manos, le frotara todo el cuerpo con esta pomada odorífera. No pasé nada por alto, ni siquiera la cara, y cuando llegué a la polla, que le masturbaba al mismo tiempo, el infame marrano, que se contemplaba complacidamente ante un espejo, me dejó en la mano las pruebas de su triste virilidad.
»Por fin hemos llegado, señores, al fin el homenaje se dirigirá al auténtico templo. Me habían dicho que estuviera preparada, llevaba dos días aguantándome. Era un comendador de Malta que, para semejante operación, veía todas las mañanas a una muchacha nueva; la escena se desarrollaba en su casa. “Hermosas nalgas”, me dijo abrazándome el trasero; “pero, hija mía”, prosiguió, “no basta con tener un bonito culo, es preciso también que ese bonito culo cague. ¿Tienes ganas?” “Me muero de ganas, señor”, le contesté. “¡Ah, diablos!, es delicioso”, dijo el comendador; “eso es lo que se llama servir al cliente como es debido, pero ¿te importará cagar, pequeña, en el orinal que voy a presentarte?” “A fe mía, señor”, le contesté, “que tengo tantas ganas que cagaría en cualquier parte, incluso en su boca…” “¡Ah!, ¡en mi boca!, ¡qué deliciosa! Pues bien, este es precisamente el único orinal que tengo para ofrecerte”. “¡Bien!, dádmelo, señor, dádmelo cuanto antes”, le contesté, “porque ya no puedo más”. Se coloca, yo me subo a horcajadas sobre él; entretanto, le masturbó; sostiene mis caderas con sus manos y recibe, pero entregándoselo cagarruta a cagarruta, todo lo que le cago en el pico. Mientras, se extasía; mi puño apenas consigue sacarle los chorros de semen que pierde; le masturbó, termino de cagar, nuestro hombre se extasía, y le dejo satisfechísimo de mí, porque tuvo por lo menos la amabilidad de decírselo a la Fournier al pedirle otra para el día siguiente.
»El que siguió sumaba a unos episodios bastante semejantes el de conservar por más tiempo los pedazos en la boca. Los reducía a líquido, se enjugaba largo rato la boca con él y los devolvía hechos agua.
»El quinto tenía, si cabe, una fantasía aún más extravagante. Quería encontrar cuatro zurullos sin una sola gota de orina en el orinal de una silla-retrete. Le encerraban a solas en la habitación donde se hallaba este tesoro; jamás llevaba a ninguna muchacha consigo, y había que tener el mayor cuidado en que todo quedara bien cerrado, que no pudiera ser visto ni divisado por ningún lado. Entonces actuaba; pero deciros cómo me resulta imposible, pues nunca lo vio nadie. Todo lo que se sabe es que, cuando entraban en la habitación después de él, encontraban el orinal muy vacío y extremadamente limpio: pero lo que hacía de los cuatro zurullos, creo que al propio diablo le costaría contároslo. Tenía la posibilidad de arrojarlo a los retretes, pero tal vez hacía otra cosa. Lo que permite pensar que no hacía en absoluto eso que podríais suponer es que dejaba a la Fournier la tarea de procurarle los cuatro zurullos sin informarse jamás de dónde venían y sin hacer nunca la mínima recomendación al respecto. Un día, para ver si lo que íbamos a decirle le alarmaría, alarma que habría podido ofrecernos alguna luz sobre la suerte de las cagadas, le dijimos que las que le habíamos dado aquel día provenían de varias personas enfermas y aquejadas de sífilis. Se rio con nosotras sin enfadarse, cosa que, sin embargo, es verosímil de haber hecho con estos zurullos otra cosa que tirarlos. Cuando a veces quisimos profundizar nuestras preguntas, nos hizo callar y nunca supimos más.
»Es todo lo que tengo que deciros esta noche», dijo Duclos, «en espera de entrar mañana en un nuevo orden de cosas, por lo menos respecto a mi existencia; pues, en lo que se refiere al gusto encantador que idolatráis, me faltan, señores, por lo menos dos o tres días para tener el honor de entreteneros con él».
Las opiniones se dividieron respecto a la suerte de las ñordas del hombre del que se acababa de hablar, y mientras se hablaba de ello hicieron salir a unos cuantos; y el duque, que quería que todo el mundo viera la predilección que sentía por la Duclos, mostró a toda la sociedad la manera libertina con que se divertía con ella, y la desenvoltura, la destreza, la prontitud, acompañada de las más bonitas frases, con que ella tenía el arte de satisfacerle. La cena y las orgías fueron bastante tranquilas y, como no hubo ningún acontecimiento de importancia hasta la velada siguiente, será con los relatos con que la Duclos la amenizó con los que comenzaremos la historia de la duodécima jornada.